Roberto Bolaño reeditado en una novela muy sólida

La pista de hielo, del escritor chileno, destaca por la crítica social que realiza
Nadie sabrá nunca hasta dónde pudo llegar la literatura del escritor chileno Roberto Bolaño, muerto prematuramente en 2003 a los 50 años. El último manuscrito que dejó, publicado póstumamente como 2666, es una prueba irrefutable de su ambición artística y de su compromiso con los problemas de un mundo que muchas veces no lo trató bien.
Fue un escritor nómade y pobre, que salió muy joven de Chile para recalar primero en México y después en España, donde sobrevivió gracias a diversos oficios y a los pequeños premios literarios que fue ganando por toda la península ibérica.
Ahora se reeditó La pista de hielo, publicada inicialmente en 1993. Esta novela se desarrolla en un balneario sin nombre ubicado cerca de Barcelona, que perfectamente puede ser Blanes, el pueblo mediterráneo donde vivió durante años con su familia. Sólida, entretenida y muy cáustica en su crítica social, la novela es la reconstrucción de un crimen narrado a través de tres voces disímiles, pero que tienen varios lazos que las unen, como la pasión compartida por una mujer.
Cada uno de los protagonistas cuenta su versión de los hechos en primera persona, lo que le otorga gran verosimilitud a la historia. Además, como dos de ellos se conocen, es frecuente que uno se refiera al otro en su discurso, o que recuerde una escena compartida, lo que le agrega complejidad a todo el asunto y crea un juego de espejos que le sirve a Bolaño para despistar sobre el posible autor del crimen.
Uno de los puntos altos de la novela es cómo se construye el caso policial, ya que se sabe que alguien murió, pero no quién es la víctima, ni su agresor, ni la causa del ataque. El recurso es magnífico, ya que amplía el misterio y logra crear tensión en el lector, que sabe que todo se va a ir al diablo, pero no sabe cuándo ni por qué.
Los tres protagonistas principales son Remo Morán, Gaspar Heredia y Enric Rosquelles. Morán es un chileno que con esfuerzo logró tener primero una tienda, luego un bar y al final una pequeña cadena de locales comerciales, y que se dedica a ayudar a otros inmigrantes que llegan a la Costa Brava catalana. Heredia es uno de esos inmigrantes a los que Morán protege consiguiéndole un trabajo como vigilante en un camping. Y Rosquelles es un político de medio pelo pero con cierto poder en el pueblo.
Si los dos primeros le sirven a Bolaño para describir la precaria situación de los inmigrantes en España, el personaje de Rosquelles le permite ahondar en la podredumbre de la política regional, la ineficiencia de la policía y los estragos que causa el poder en cualquier ciudadano. Ese funcionario honesto, trabajador y muy inteligente cae en desgracia solo por el hecho de estar en una situación privilegiada dentro de la administración pública, desde donde desvía fondos para construirle a Nuria, una bella patinadora, una lujosa pista de patinaje en un palacio abandonado de la zona.
La acción se desarrolla entre el pintoresco camping y ese gran palacio helado en decadencia, lo que crea un contraste sumamente efectivo. Lo mismo sucede con los personajes: de un lado la pobreza y desesperación de Heredia, que vive más en el camping que en el pueblo, rodeado de seres en su ocaso; y por otro, el mundo de los adaptados, de los seres funcionales, de los que tienen dinero para hacer locuras.
También acierta Bolaño en la conformación del triángulo amoroso entre Morán, Rosquelles y Nuria. Mientras el político se hunde por un amor que nunca llega siquiera a declarar, Morán la conquista sin dificultad y sin merecerla.
Hay además una cantante loca que vaga por el pueblo, un mendigo que siempre la sigue, una muchacha que anda con un cuchillo debajo de la camisa y algunos personajes más que le dan espesor a una novela sin fallas, que describe un mundo con almas en pena que solo buscan un momento de paz.
Por Andrés Ricciardulli