Juan Gabriel Vásquez: Literatura y resistencia, o la resistencia de la literatura

“Cuando hablamos de literatura y resistencia, hablamos del individuo, de su lugar en el mundo y en particular de la lucha del individuo contra las fuerzas que, en tantos ámbitos de la vida, hacen denodados intentos por desindividualizarlo.”

Juan Gabriel Vásquez.

El 11 de mayo el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez dictó la conferencia “Literatura y resistencia: una o dos lecciones de Tolstói”. La presentación estuvo a cargo del periodista Roberto Careaga.

¿De qué hablamos cuando hablamos de literatura y resistencia? según el escritor colombiano, la combinación de estas dos palabras evoca inevitablemente referencias al gran enfrentamiento del siglo XX: el individuo contra el régimen totalitario. Sin embargo, no hay que olvidar que la literatura también es resistencia a niveles mucho más íntimos, pues se resiste a todo aquello que lucha por anular lo individual. El impuslo individualista de la literatura se ha enfrentado siempre al impuslo dogmático de las instituciones proselitistas.

Teniendo esto en cuenta, Vásquez se pregunta ¿cómo debemos entender el caso de un hombre en que se den cita estos dos impulsos opuestos, la curiosidad y el afán de entender propios de la gran literatura y la rigidez más desaforada?

Pocos autores han explorado el mundo con tanta generosidad y tanta testarudez como Tolstói. Su obra no desprecia nada y es por esto que se puede encontrar en ella una cualidad casi sobre humana, como sucede en Ana Karenina y Guerra y paz. Según Vásquez ambos libros parecen escritos por decenas de personas y no por una sola. Sin embargo, los últimos años de vida de Tolstói estuvieron marcados por una moralidad o una búsqueda de esta bastante marcada:

Durante ese tiempo, el conde vivió obsesionado con su papel de figura pública, de redentor del mundo, de fundador de un nuevo cristianismo o un cristianismo puro que se oponía a los dictados de la Iglesia Ortodoxa de Rusia. Cambiar una religión, y de paso a la especie humana, requiere tiempo y concentración, y Tolstói comenzó a despreciar el arte, todo tipo de arte, por considerarlo poco cristiano, egoísta, individualista.”

El arte comenzó a parecerle despreciable, pero no le ocurrió lo mismo con la escritura, pues su papel resistente seguía siendo parte de su filosofía. Esto aparece en su propio diario, donde señala que la única forma aceptable y eficiente de luchar contra el gobierno, es utilizando los pensamientos, la palabra. Sin embargo, la escritura literaria no cabía en este espacio de lucha, por lo que en ese entonces le parecía a Tolstói algo nocivo para él.

Durante los años de vida que le quedaban (quince, para ser exactos) comenzó a escribir cada vez menos ficción y cuando lo hacía, la repudiaba luego y se repudiaba a sí mismo. Para Vásquez sucede aquí una gran paradoja, pues es en aquel momento de desprecio hacia la ficción literaria, que Tolstói escribe Hadjí Murat, una de las más grandes creaciones literarias de todos los tiempos.

Hadjí Murat fue un rebelde musulmán, uno de los más temidos opositores de la Rusia expansionista de Nicolás I, y hacia 1851 se había convertido en un franco dolor de cabeza para el zar.  La novela comienza con un preludio que Vásquez caracterizó como “un inmenso atrevimiento narrativo y al mismo tiempo de una sencillez abrumadora” en el que el narrador (que identificamos como Tolstói) camina por el campo y encuentra un cardo que trata de arrancar, pero le toma bastante tiempo, se convierte en toda una lucha.  Finalmente el narrador lo destroza y se lamenta por haber destruido una flor que era bella estando en el tallo. Así, la resitencia de ese cardo, recuerda al narrador una antigua historia caucasiana, que es la de Hadjí Murat.

Este libro, que es para Vásquez una extraordinaria metáfora de la resistencia, le toma a Tolstói ocho años y es su último relato de envergadura. Para explicar el tiempo que le costó terminarlo (de hecho, no lo publicó en vida) Vásquez señaló lo siguiente:

“Si ser novelista es difícil, es más difícil ser santo. Y así es: Tolstói se había convertido en eso, un santo en la Tierra. El mundo entero acudía a él, y él los ayudaba a todos, con todos se sentía deudor culpable, de todos se sentía responsable. Se había convertido en un líder religioso, y quienes lo seguían tenían la convicción de ser parte de un grupo de elegidos, eso que los profanos llamamos una secta.”

Los lectores de Hadjí Murat debemos lidiar con una compleja contradicción: aquella lucha del hombre contra las fuerzas colectivas, uno de los más grandes elogios del individuo, fue escrita por un hombre que ya no creía en el individuo ni en el arte, que es parte de la esencia de la individualidad.

Ante estas reflexiones, Vásquez se pregunta cómo podría reconciliarse la figura del hombre que escribe un libro semejante, con el moralista que aparece en su diario. Es, a su juicio, la más grande esquizofrenia vista en la literatura. Quizás la única respuesta posible es para el escritor colombiano la que involucra la idea de resistencia:

Podemos hablar de literatura y resistencia de muy diversos modos (…) siempre hablamos de los maravillosos papeles que ha jugado la literatura cuando el ser humano está en peligro. ¿Pero qué decir de sus propios mecanismos de supervivencia? ¿Qué decir cuando la literatura misma, los rasgos que la hacen única e imprescindible, se ven amenazados por las convicciones extraliterarias de su propio creador?”

En los últimos años de vida de Tolstói encontramos esto: una lucha de la literatura contra el escritor. Es imposible saber si el escritor estaba consciente de esta pelea interna o si sus dos inteligencias coexistían de manera paralela, sin encontrarse jamás.

Sea como sea, el resultado fue una de las más grandes obras de la literatura occidental, terminada por su autor de mala gana, mientras su interés se concentraba en otros asuntos y otros escritos.

El 19 de diciembre de 1900 Tolstói escribe:

El artista, para poder influir en los demás, debe buscar; su obra ha de ser una búsqueda. Si ya lo ha encontrado todo, si lo sabe todo y adoctrina o se divierte deliberadamente, no ejerce ninguna influencia. Sólo si busca, el espectador, el oyente, el lector se unirán a él en su búsqueda.”

Para Vásquez, Tolstói tenía toda la razón. Aquí estamos nosotros, más de cien años después, buscando a Tolstói. Son las ficciones las que nos iluminan, las que nos muestran el camino y nos llevan un paso más cerca de comprender a la compleja humanidad:

Son lo más cerca que estamos, o que estoy yo, del sentimiento religioso, porque siguen enriqueciendo mi noción de la humanidad, mi comprensión de lo que son los seres humanos y mi respeto por esta vida inmensamente varia, intolerablemente rica que nos ha tocado en suerte, tan múltiple y compleja que no la podríamos entender sin la ayuda de quienes la han contado antes.”